RETO CUMPLIDO

Marcel Duchamp y su "fuente"... qué recurrente. El abstractismo y la absurdez al servicio del voluntario
Hablemos de escatología. Pero de la de verdad, de la que se ve, de la que se palpa, de la que pesa, de la que huele. Acabar la primera semana de zozobra inicial y descubrir que en nuestro interior algo estaba cambiando fue todo uno. Averiguar, por el sencillo método empirista de la defecación, que “aquello” iba perdiendo textura e iba ganando en abstracción, como un cuadro de Malevich, que comprenderlo no era lo importante sino que lo que debía interesar era la fuerza expresiva que conllevaba; darnos cuenta de todo eso nos hizo un poquito más frágiles, más voluntarios y puso los cimientos de una convivencia inmejorable.
Cada uno lo llevó como pudo. Era inevitable que comiendo como comíamos, bebiendo los mejungues que bebíamos y cambiando de continente, las cosas fueran a ir como en casa. Para eso ya estábamos preparados y pudimos ver venir a la peste antes de que entrara sin pudor ninguno en las habitaciones terroríficas de nuestro hotel. La cosa es que “el grupo” no se vino abajo y aguantó dándose ánimos unos a otros todos los días porque, hay que decirlo, el tema en cuestión, era el preferido entre todos. Todo el mundo quería saber, quería opinar y quería consolar si era pertinente.
Mi experiencia personal se extendió prácticamente durante todo el mes. Aviso: sino queréis seguir leyendo más guarrerías y pensáis que ya habéis tenido bastante, dejad de leer inmediatamente porque me voy a meter en el terreno de las heces a saco y hablando de un servidor, lo que podría hacer que perdiera todo el sex appeal que me ha costado años cultivar. Allá voy. Empezó poco a poco, lentamente, fue intentando, la bicha, minar la moral de mis defensas y solo consiguió que la apariencia cagarrutil fuera más bien líquida. Mi salud intacta y yo contento porque no soy de ir al baño con demasiada regularidad, no sé, me da pereza, a pesar de que es estar ahí sentado; así que vaciándome diariamente era la envidia de más de uno de los que me rodeaban porque abrir el grifo así de a menudo es sinónimo de salud, siempre que no estés yendo cada dos por tres para irte de patas por abajo, por arriba y hasta por los poros de la piel. En ese caso, amigo mío, tienes el cólera y, amar en esos tiempos, se hace harto complicado. Debo decir. para terminar mi versión de los hechos que no tomé absolutamente ningún tipo de medicamento ni suero antidiarréico. Quizá porque Jacob se lo tomó todo, puede ser. El caso de Jacob es muy ilustrativo: se marchó a Benarés como un insconsciente ya medio malo y cuando volvió (aún peor) lo hizo con sobres de contenido indescifrable que prometían placidez (o eso creía Jacob). Le tuve que decir que le daba mis sueros y lo que necesitara y que esos inmundos sobres los usara como mata-ratas.
Otros, como el ínclito segoviano Alfredo, prefirieron el Fortasec que bajo mi humilde opinión es un placebo sin más pero que a nuestro compañero romano le pareció mano de santo la vez que decidió tomarlo. Ya digo, cada uno su razón…
3 comentarios
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Me dejas sin palabras…
Hice mis cábalas, leí prospectos, examiné resultados en otros compañeros de viaje. Y si. Al primer aviso de diarrea suma, fortasec al canto. Amen. Mano de santo, primor de los caidos, aguante de los flojos, terror de los estreñidos.
Como no podía ser de otro modo, ahí está Alfredo, comentando sobre su tema preferido… Cuánto echamos de menos tener esas conversaciones durante las comidas, compañero!
Todo hay que decirlo, la próxima vez que coma espinacas, pensaré en aquellos días, aquellas hipótesis sobre la duración de la digestión (ejem ejem), aquellos consejos (acompañados del ceñudo gesto del inspector de desechos de avutardas), aquellos cálculos…