RETO NO CUMPLIDO
Hemos repasado hasta ahora nuestra mimetización absurda con la comida hindú, con algunas de sus pintorescas gentes, con sus medios de transporte pero aún no hemos reparado en su fauna, la cual, a nuestros ojos mediterráneos y en mi caso miopes, es como poco delirante. Se podría (se debe) comenzar por los cuervos, que a mí, siempre me recuerdan a la película de Dysney de Dumbo, a esos fulanos con acento andaluz que intentaban que Dumbito volara después de cogerse una cogorza de padre y muy señor mío. Esos golfos. La de lágrimas que derramé con esa peli; jamás se lo perdonaré a Walt, allá donde esté, en la máquina frigorífica o en el mismísimo Averno.

Almorzando, dando la bienvenida a un gran día
El cuervo común calcuteño es un cuervo de libro: negro, con pico afiladísimo y de graznido fácil (a semejanza de Melquisedec… digo de los cláxones bengalíes). Siento no poder ser más estupendo en apreciaciones biólogicas, quizá Alfredo pueda deleitarnos si de una maldita vez se digna a hablar por acá. A lo que iba: el cuervo fue otro más dentro del grupo. No siempre el mismo, claro, pero ya fuese Macario o su primo, o su cuñado o su conocido, siempre había alguno por ahí gruñendo y despedazando basura, su hobby favorito. Las mañanas, de camino a Casa Madre, siempre se hacían con varios de ellos de politono constante. No escuché otro ave en todo el viaje, vi alguna paloma que otra pero, evidentemente, estaban cortadísimas, con un miedo ante estos salvajes de las alturas atroz. Cualquiera canta delante de ellos. Mira que las palomas no son plato de buen gusto en nuestra mesetera península pero alguna vez se las echó en falta; la casta de las palomas en el reino animal indio se ve que está por los suelos, como George Foreman ante Casius Clay.

Sus sitios favoritos; como tu en Madrid puedes ir al Speakeasy...
Los cuervos, pues, amos de las alturas; que incluyen los cochambrosos cables de la luz, las cornisas más rancias y casi cualquier cosa que cuelgue. Por los suelos también osan mostrarse “gallitos”: si pasas a su lado será raro que salgan despavoridos, si van volando a ras de suelo. como kamikazes incontrolados, no será difícil que te rocen. El otro sitio donde son felices son los vertederos; en Calcuta, para su idiota felicidad, no dan abasto.
Su defensa es un graznido que se te mete hasta la mismísima trompa de eustaquio. Tardas en quitártelo de la cabeza y sólo con el paso de los días te acostumbras, luego hasta les coges cariñito. Qué remedio: SIEMPRE ESTÁN AHÍ. Otro método peculiar y muy castizo de pretección es, simple y llanamente, la cagada encima del transehunte. Alfredo pudo apreciarlo en sus carnes (y en su sudorosa camiseta) nada más y nada menos que dos veces en poco más de 10 minutos. Los angelitos. La cagada en sí es gigantesca y se extiende rápidamente por la superficie resbaladiza donde cae, además es flexible cual blandiblú. Oro puro.

Comiendo rata; ese día estaban de suerte
Lo dicho, como no había manera de que oyésemos otra BSO (aunque Carlitos intentaba amenizar con alguna de Celine Dion de vez en cuando) pues hubo que someterse a su tiranía. Ya en los últimos días, el intrépido Pedro Pablo urdió un plan de aparente sin sentido: vio una reunión corvil en el jardín cuidadísimo (no es broma) de nuestro hotel y ni corto ni mucho menos perezoso osó desafiar a esos terratenientes del aire y de la basura, como el esclavo-gladiador Espartaco, y corrió a por ellos con fervor. Les hizo huir y misteriosamente no le cagaron; cosas de Pedro Pablo y su halo de inconsciencia. Destino, potra; en cualquier caso un victoria pírrica.
3 comentarios
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Corvus corvax. Si lo mirabas bien no era tan feo. De un negro elegante, cual vestido de noche. Y brillantes irisaciones en su fastuoso plumaje. Desgraciadamente el canto de este noble ave no lo acompañaba, y tornaba su aspecto en oscuro, tenebroso, desagradable y más bien asquerosito. Cuando comían rata, sin duda colmaban el vaso.
La cagada fue inesperada. La primera y la segunda. De pronto siente entre las gotas monzónicas, un calor impropio de la lluvia, y una consistencia desconocida. Cuando reparas en ella dudas de su origen a la vez que te sorprendes de su enorme tamaño. Finalmente cuando sabes que ha salido de la cloaca del bicho. Lloras amargamente tu desgracia.
En la segunda cagada el proceso es el mismo, pero aumentado y surge en ella el sentimiento de resignación. Y la entrega total del espiritu a una posible tercera. Por suerte nunca llegó
Qué ejercico de autocompasión!!
QUÉ ASCO….