Reto nº 10: Cambiar de una manera razonable y justa nuestros imperialistas euros por rupias arrugadas con el careto de Ghandi

RETO NO CUMPLIDO

Nuestro primer careo con los puestos de cambio de moneda indios había tenido lugar en Delhi, en el aeropuerto, y había sido un sonado fracaso. Entre pitos y flautas, comisiones y tres de treinta y una nos habían metido una sablada mítica de la que nuestros bolsillos, aún repletos, no se resintieron demasiado; porque hay que decir una cosa, la rupia cunde una barbaridad.

Este precedente no hacía presagiar nada bueno para nuestra estancia en Calcuta y nuestros peores presagios se hicieron realidad nada más enfrentarnos en Sudder Street al temido cambio de moneda.

Sudder Street es una calle ideada explícitamente para todos los voluntarios que abarrotan Calcuta, ciudad de las ONG´S por excelencia, sobre todo en plena canícula. Por ello cuenta con todo lo que un voluntario pueda precisar, desde papel higiénico hasta marihuana, pasando por cibercafés y tiendas de avituallamiento. En muchos de estos establecimientos se hacen, meticulosamente (y no tanto), intercambios de moneda; en nuestro europeo caso el cambio era obvio: euros por rupias.

El billete que más manoseamos en nuestra vivencia india: el afamado billete de 10 rupias

El billete que más manoseamos en nuestra vivencia india: el afamado billete de 10 rupias

Estos sitios, como casi todas las tiendas de Calcuta, son minúsculos y aprovechan cualquier recoveco para instalar una cabina telefónica o un ordenador, también para poner un cartel pizarril donde, teóricamente, se escribe el cambio que te dan según tu extranjera moneda. Como podéis imaginar, cada día ponía una cosa: solía rondar entre las 64 y las 69 rupias por eurazo. Pero no era tan fácil.

Alfredo se muestra sorprendido porque encierren a un árbol con su instinto de biólogo chapado a la antigua. En el margen derecho fila de establecimientos de cambio de moneda

Alfredo se muestra sorprendido porque encierren a un árbol con su instinto de biólogo chapado a la antigua. En el margen derecho fila de establecimientos de cambio de moneda

Al principio nos fiábamos, como un buen guiri, de lo que el anfitrión nos decía: si decía 65 pues 65, si decía 66´7 pues 66´7; no había más que hablar. Con tanto número, personalmente, me líaba y como recibía una cifra con bastantes ceros en su haber pues callaba como una rata. Contento y feliz. Según fue progresando el mes la táctica cambió y empezamos a husmear las pizarras bizarras de las entradas a esos templos del money-money y a demandar a nuestro interlocutor lo que en ella ponía. Nos poníamos muy contentos cuando, por ejemplo, ponía 68´9 e íbamos raudos a cambiar nuestros occidentales billetes pero nuestro gozo quedaba en un profundísimo pozo cuando el tío, armado de una calculadora científica hacía la cuenta de la vieja y nos cobraba la comisión que ese día le apeteciera quedándose una parte de nuestros suculentos euros. Así era.

Se intento, ya en las semanas finales, cambiar las reglas establecidas del juego pero aquí en La India las cosas cambian a una velocidad reducidísima y nosotros no teníamos los bemoles necesarios para hacer que los hombres nos vieran con mejores ojos. Como en casi todo intentamos una aproximación a sus mezquinos cocos hindús por medio de un idoma internacional que aquí se entiende a la perfección: el regateo. Íbamos puesto con puesto con una cifra entre los ojos; poned que eran 68 rupias por euro. Y de ahí no nos bajábamos. El primera que nos dijera “ojos negros tienes” a ese le hacíamos el intercambio.

Yo creía que iba prosperando en eso del regateo y en la vida social india pero nada más lejos de la realidad. Lo cierto es que el tío que hacía el cambio, aunque tú fueses con la idea demencialmente preconcebida de que ibas a llevar las riendas de la situación y te iban a cambiar lo que pidieses, te añadía una comisión que entendimos como impepinable, tan impepinable como ilegal, pero, ¿qué ibas a hacer? ¿Llamar a la policía montada del Canadá?

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