RETO CUMPLIDO
Apenas nos había durado el periodo de descanso: no fueron ni siquiera cinco horas de sueño cuando los despertadores empezaron a sonar con virulencia. El de Juan, un politono de Jhonny Cash que repiqueteaba varias veces la frase “many times”, personalmente me causó estragos durante todo el mes aunque he de reconocer que le cogí cariño muy, muy al final. Habíamos quedado en ir a la misa diaria que celebran las monjas (las Hermanas de La Caridad, la obra que en 1946 fundó Teresa de Calcuta) para que nos dijeran si era posible empezar a trabajar ese día o por el contrario el madrugón nos lo podíamos haber ahorrado. Como al parecer no había otra cosa mejor que hacer que ir a la misa (en inglés) pues allí fuimos; teníamos la suerte de que la Casa Madre, el centro neurálgico de nuestra actividad, el campamento base de la expedición, estaba a dos minutos andando desde nuestro hotel: una gran noticia entre tanto sufrimiento…

María, Belén y Blanca se hacen la foto de rigor a la entrada de Casa Madre. Míralas qué contentas
Hay que decir que la celebración con las monjas fue, ese día y los posteriores, espléndida. Ese día en concreto, día que muchos habrían aprovechado para cabezear vergonzosamente durante la Consagración (no sé si alguno lo hizo), fue especial para mí porque descubrí un halo de paz, pureza y espíritu en esas misas del que no me separé en todo el mes. Sorpresas te da la vida. Muy buen rollo, entonces.
Después las monjas siempre dan el desayuno a los voluntarios que ese día trabajan. El desayuno consta, los mejores días, de un té con leche y un bollo de miga de pan con un plátano; todo un lujo para el sitio donde estábamos. Como nosotros, salvo José, íbamos de nuevos e imaculados en estas lides pues andábamos a la expectativa: qué horrores veremos hoy y esas cosas rondaban más de un pensamiento. La modorra por no haber descansado lo suficiente completaba el circo. La noticia de que ese día no trabajaríamos porque no estábamos aún inscritos (lo haríamos al día siguiente) fue bastante bien acogida aunque algunas personas de nuestro grupo pudieron ir “de estranguis” a trabajar a alguna casa. La decisión nos permitió hacer un rulo tranquilo por algunas de las casas que las Hermanas tienen por Calcuta y, realmente, valió la pena.
Empezamos por visitar lacasa de Sishu Bhavan, un centro donde lo que hay son niños, abandonados o con enfermedades psíquicas o físicas. También hay bebés que cuidan las monjas y las voluntarias (allí sólo curran chicas) porque sus familias no pueden hacerse cargo. La verdad es que fue emocionante entrar en aquel lugar porque los niños desprenden unas cantidades industriales de ternura y nos salió bastante natural empezar a cogerlos y zarandearlos como si fueran nuestros sobrinitos. Alfredo cogió a uno de los pequeños y empezó a hacer cálculos, con su horrible capacidad para las ecuaciones, para mantear al niño entre sus brazos sin que éste acabara incrustrado entre las aspas del ventilador del techo. Así estábamos de verdes…

Aquí no se arecia en todo su esplendor la sauna en que se convierten estos autobuses llenos de populacho sudoroso

Hasta mirando para atrás y prácticamente de copiloto te tienes que acomodar en estos armatrostres de acero puro
Tras aquello comenzamos a conocer lo que eran los transportes públicos calcuteños: cogimos un autobús que nos llevara a la primera casa que abrió Madre Teresa, Khalighat. El autobús se descubrió ante nosotros como un medo de transporte criminal, no exento de riesgos ni de probables accidentes y abarrotado de gente. Hay que tener en cuenta que netramos más de 20 personas de una tacada y que los españoles tendemos a hacernos sitio con mucha facilidad, por todo el morro torero que nos identifica, así que todo el viaje anduvimos culo contra culo e intentando descubrir dónde debíamos bajarnos. Este primer viaje, pues, nos curtió de lo lindo.

Voluntarios esforzados a las puertas de Khalighat
También la visita a Khalighat fue especial; se trata de una casa para enfermos terminales, personas que recogen las Hermanas de la calle y que están abandonadas de toda mano (divina o humana). La distribución era una zona de hombres y otra de mujeres con filas de camas en ambas y las gentes más enfermas que yo he visto nunca en ellas. Era conmovedor como algunas mujeres (los hombres eran más secos) te ofrecían su mano para saludarte o te juntaban las manos a la altura de la frente en lo que es el saludo típico hindú.
Tras toda la mañana en danza José dispuso que fuésemos a Sudder Street, la calle típica de los voluntarios, para conocer los lugares donde íbamos a abrebar durante toda nuestra estancia allí. Pero creo que eso merece un capítulo aparte. La toma de contacto había sido un éxito.
2 comentarios
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Verdaderamente el politono de Cash hizo carne en nuestros corazones…En cuanto a lo del bollo del desayuno me hace gracia que lo definas como “bollo de miga de pan” pues en el era imposible atisbar nada ni de miga ni de pan. Quiza lo mas adecuado seria referirse a él como “la Piedra”, rico bloque de apretados hidratos de carbono que te mantenian en pie hasta el momento de hincar el diente a la galleta que nos daban las monjas a eso de las 11 a.m. y que amablemente les proporcionaba el ejército belga. Bendita sea la armada, sus cocineros y el fruto de sus desvelos!!!
Esa galleta tendrá reconocimiento especial en este blog… faltaría más! La Armada, por supuesto, también tendrá su esquinita en estos nuestros desvelos…