RETO SEMI-CUMPLIDO
Tras las suculenta cena y después de esperar al último grupo que provenía e Delhi se podía decir que la holgazana expedición hispana estaba oficialmente en Calcuta; nuestro destino final y a la vez comienzo de muchas otras cosas.
Era una hora nefasta para esta ciudad, las 11 de la noche, y no sabíamos a ciencia cierta a cuánto estábamos de nuestro estupendo hotel ni cómo rayos íbamos a llegar allí. Fuimos a lo fácil (y creo única posibilidad en ese momento): a buscar taxis para casi 40 personas. Telita. Como casi todo aquí había que empezar a negociar.
En cuanto salimos del demencial aeropuerto, y a pesar de ser casi medianoche, un calor húmedo se apoderó de nuestros huesos y nos arrebató la sequedad que mantenían, gracias al aire acondicionado aeropuertil, nuestras olorosas camisetas. A mí se me volvieron a empañar las gafas (como al salir del avión y hacer la genuflexión antes relatada) y comprendimos que ésto ya iba a ser otra cosa.
Tras el intenso toma y daca entre José yel caudillo de los taxistas (un hombre con muy mala leche y muy mala pinta) se acordó un precio prohibitivo para el bolsillo medio calcuteño pero suficiente para nosotros, que necesitábamos una cama y una ducha a cualquier precio. La caravana que montamos, con una ristra de taxis como si de chorizos de pamplona se tratara, se puso en marcha. Aprecié en ese instante que muchos de los taxistas da “la ciudad de la alegría” tenían serios problemas para hablar el inglés y que les importaba un pimiento si nos matábamos o no: yo me reencarnaré, pensaría, en un gusano de seda pero para vosotros, infieles, no habrá perdón de Khali. Era de noche y la primera impresión de ver a la gente durmiendo literalmente al lado de las calzadas o apostados en los bordillos nos cambió rápidamente el chip. Creo. Ahí no lo sabíamos pero ese viaje fue de gran ayuda para la posterior puesta en práctica de nuestra actividad voluntaria.

Decir que el viaje fue de lócura es redundante con lo relatado anteriormente, lo fue, pero no me gusta repetirme. Como detalle contar que a lo largo de todas las calles que recorríamos estaban muchas de las paredes decoradas con la hoz y el martillo soviético, toma ya, descubriendo poco después que Bengala, la zona donde está Calcuta, está gobernada por el Partido Comunista de corte marxista.
Hubo un malentendido con los taxistas, que por ahorrarse unos metros no querían meterse en dirección contraria unos metros (fíjate tú, a estas alturas) y dejarnos a las puertas de nuestro hotel. Les obligamos valiéndonos de nuestra calidad de seres venidos de otro mundo y poseedores de rupias a cascoporro y nos dejaron en la mismita puerta. Nos quedaba el reparto de las habitaciones. Eran más de las 12.

Desesperación propia de el desvelo por el no saber lo que ocurrirá
El ruido con el que prorrumpimos en el lugar aún es comentado en los corrillos del barrio. Todos queríamos que nos dieran un colchón y un chorro de agua pero no era tan fácil. Después de una bronca de uno de los guardeses del hotel (un hombre extrañamente gordo y bizco) y de una voluntaria octogenaria francesa que se espabiló de su profundo sueño creyendo que habían vuelto los nazis a tomar París, se empezó a repartir las rooms por el método de “pido un número de personas y quien levante la mano en primer lugar se la lleva”. Las habitaciones eran irregulares y unas tenían 4, otras 5 y otras hasta 8 huéspedes. Fue un poco caos aunque yo salí contento con mi habitación: los segovianos y Kiko se me unieron para conseguir la habitación número 4: todo un ejemplo de arquitectura colonial y con una humedad que solventamos con los ventiladores techiles. Por lo demás no sé si la gente salió bien parada en el reparto y por lo tanto doy el reto como semi-cumplido: eran casi la 1 de la madrugada y al día siguiente nos debíamos levantar a las 6, muy bien no es que lo hiciésemos, aunque sólo estábamos tanteando…
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