RETO CUMPLIDO
Las sociedades actuales hemos construido ciudades internas en las propias ciudades; se las conoce con el siniestro nombre de aeropuertos y hay ocasiones (la misma Madrid, casi cualquier capital europea) en las que existen varias terminales o aeropuertos que sirven como depositarios de la gran cantidad que hoy en día viaja quitando, por otra parte, mucho romanticismo a eso de viajar.
Esta forma que da aspecto monstruoso a las ciudades también existe en el lejano Oriente, también en el no tan lejano; como es el caso de Delhi que cuenta con dos terminales gigantescas: una para vuelos nacionales y otra para los internacionales.
Nosotros veníamos bastante confiados de nuestra estancia de ensueño en Agra y la visita a las dependencias de los mogoles y hasta casi el final del viaje en tren no fuimos conscientes de que debíamos correr para asegurarnos el pasaje en patoaparato hacia Calcuta. No era broma. Llegamos a la disparatada estación de Delhi dos horas antes de que saliese el vuelo, más o menos el tiempo que hay que estar antes facturando y todo el tinglado standard de cada vuelo. De la estación de tren al aeropuerto (en nuestra confirmación de vuelo ponía INTERNATIONAL TERMINAL) había una tacada y en lo poco que habíamos estado en territorio indio sabíamos que hay veces en las que la comunicación es complicadilla tirando a que no te entienden (o no quieren entenderte) una puñetera mierdecina de pequinés.
El grupo que viajábamos en la selvática compañía de Indigo Air nada más desembarcar en Delhi pusimos pies en polvorosa y fuimos, esquivando de nuevo todo tipo de obstáculos, a la salida de la estación donde una flotilla de taxis nos esperaba con ansia sodomita. Qué suerte, pensamos. Dios está de nuestro lado, se oyó bramar. Hicimos grupillos de cuatro e indicamos a nuestros respectivos conductores que al aeropuerto, a la terminal international. De acuerdo, nos dijeron, tantas rupiazas (una barbaridad creo recordar).
El viaje de locura, como cualquier trayecto motorizado en La India; las pocas señales se respetan si te convienen (y ni eso) y para adelantarse basta con pitar a fondo y decir: aquí estoy yo. Había fotos y vídeos de estas andanzas por las calles demoníacas de Delhi pero, lastimosamente, se me perdieron más tarde en Calcuta. Qué pena. Total: casi una hora para llegar al aeropuerto tras el (es poco decir) intenso tráfico.
El confiado grupo de mediterráneas maneras, creyendo ya que se las sabía todas se encaminaba con paso firme hacia la puerta de la INTERNATIONAL TERMINAL cuando los guardias de la puerta les pararon en seco y les comunicaron con unas maneras extrañas que se habían colado de terminal y que, como eran tan pardales, que si viajábamos a Calcuta la terminal internacional no nos valía ni para sonarnos los mocarros. La comunicación oficial llegó, más o menos, una hora antes de que el vuelo saliese. Los taxistas, por suerte, no se habían largado y les dijimos que nos llevasen a la otra dichosa terminal, separada por unos veinte minutejos del ala. Hubo mascullidos de dolor, de angustia y, creo, fue en este momento en el que empezó la gente a adelgazar; como dice Woody Allen en una de sus pelis: “La angustia me sirve de gimnasio”.
Las carreras por la otra terminal hicieron que llamásemos la atención de todo quisqui (qué raro). La facturación fue espeluznante: los psaportes pasaban de mano en mano hacia el empleado de nuestra extravagante compañía que parecía no tener ninguna prisa. En uno de estos momentos encontramos en el suelo el DNI (qúe coño hacía allí) de Sara Navarrete. Conseguimos facturar hasta una guitarra, no entiendo ni cómo ni por qué. Lo logramos. Luego entendimos que el vuelo, no sé si esperando a tan ilustres usuarios, se había retrasado y eso propició que pudiésemos facturar y, por tanto, viajar. Pero esa es otra historia.
Nota: para añadir más dramatismo a la acción, otro detalle escabroso; si no llegamos a haber cogido ese vuelo la otra opción habría sido un viaje en ferrocarril de 24 horas entre la ciudad sagrada de Delhi y Calcuta. Una aventura que nos perdimos, ahora lo sé.
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