RETO CUMPLIDO
Los confiados miembros de esta expedición se rapartieron en Londres en dos vuelos demenciales de once horas de vuelo, en apariencia cómodas, pero que despertaron en ellos los más bajos instintos al catar, en el caso de los ocupantes de Air India, la cena consistente en pollo con una cantidad irreproducible de especias, salsas variopintas y postres disparatados. Además la pantallita de enfrente de nuestras narices no funcionaba correctamente y lo más occidental que podíamos observar era Ben-Hur en versión original; lo demás Bollywood a tutiplén. Lo más recomendable era dormir (fue un vuelo nocturno) y eso se intentó. Algunos, en ésto, tuvieron más suerte que otros. Yo apenas concilié cuatro horitas, ni eso.

Trepidante recorrido suicida en el aeropuerto de Delhi, anticipo de lo que habría de venir, como si de una maleta me tratase; la idea: de una gaditana febril
Pero había euforia en el ambiente y tras superar una aduana donde no hubo cuartos oscuros, que quien más quien menos se esperaba, pasamos a recoger nuestro equipaje sin ningún sobresalto y comenzamos a pensar que ésto no era para tanto y que dónde estaba la aventura. Qué nos devuelvan el dinero. Para matar el gusanillo hicimos alguna carrerilla en carrito de maletas y nos lavamos los dientes con agua que decía “clean” (limpita). Nos creíamos Indiana Jones y aún estábamos en zona internacional.
Cuando conseguimos reunir los dos grupos salimos por fin a la zona india propiamente dicha, la que no tiene aire acondicionado y tiene un olor, digamos, que diferente. Había que cambiar dinero y ante nuestras narices, la tienda de cambio oficial del aeropuerto, nos timó de una manera bestial. Si el cambio del euro a la rupia son aproximadamente 67 rupias por euro los amables dependientes del establecimiento oficial nos cambiaron casi 10 rupias menos por euro. Aún así la cara no nos cambió. Por 50 euros nos dieron 3000 rupias; un sueldo mensual en Calcuta. He dicho que la cara no nos cambió pero ahora pienso que sí: al salir a la calle y buscar medio de locomoción para ir a la estación de ferrocarril el bofetón en forma de achicharramiento se palpó en el ambiente del grupo, que temió que el espíritu con el que habíamos salido de Madrid se resquebrajara. No habíamos visto nada.

Yo, como nuevo Hércules, cambiándome de vestimenta ante el temido calor sofocante. Podéis imaginar que no valió para nada

Aposentados como pudimos en el autobús. No quitábamos la vista de las ventanas
Tras negociar José con los dueños de taxis y autobuses de la zona nos decidimos finalmente por un viaje trepidante en autobús hasta la estación. El autobús contaba con todas las comodidades propias del género: asiento y algún asidero que otro. Las maletas en el suelo, claro. No recuerdo el precio acordado con el dueño del autobús pero creo que todos sus hijos van a poder ir a la prestigiosa Facultad de Medicina de Delhi.

Un medio de transporte que nos daría para muchas historias en Calcuta
El tráfico es inimaginable. Si alguien tiene un vídeo de aquel viaje o alguna foto chocante debería sacarlo/a a la luz pública. Cualquier cosa que se cuente resultará insuficiente y carente de valor porque las palabras, a veces, son tan inútiles como un silencio eterno. Basta deicir que comprendimos que había que aceptar a partir de ya otras reglas del juego, que había que poner en práctica la Alianza de Civilizaciones cuanto antes y que había que abrir los ojos para no perderse absolutamente nada. Fue un gran comienzo para empezar este del caos de Delhi y su tráfico en apariencia sin sentido, en pariencia sin normas… pero tan humano.
La cosa es que creíamos que teníamos tiempo más que de sobra para llegar a la estación y además degustar algún manjar de la zona, incluso practicar el impronunciable hindi (el idioma oficial de La India). Pensábamos que nuestro tren salía a las 4 de la tarde pero salía a las 2 y eso nos dejó poquísimo tiempo de margen de maniobra, tan poco, tan poco que casi no cogemos el tren.

Apelotonamiento típicamente indio al que no estábamos acostumbrados

Tanto ajetreo hubo que no pudimos contenernos en levantar la voz para cantar alguna de nuestras canciones tribales (que también las tenemos)
Hay que decir en nuestra defensa que el tío que tendrá a toda su prole en la Universidad dentro de poco nos apeó de su autobús a unos 500 metros de la estación, delante de un mercadillo del ganado que nos estampó en las napias el olor característico de la carne no sagrda india. Hbaía que atravesar eso, con camiones y otros medios de transporte que te pasaban rozando a izquierda y derecha, con el equipaje completo a cuestas y con la mirada puesta en el reloj que marcaba las dos menos cinco minutos y nosotros con estos pelos. Así las cosas llegamos como pudimos a la estación y vimos, en nuestro asombre occidental y mediterráneo, que todos los carteles eran en el idioma local, así que buscamos a un angloparlante que nos dijera donde cojones se cogía el tren que teníamos reservado a Agra y tuvimos la suerte que nos lo dijeron con mucha amabilidad y tino, y tuvimos la fortuna que en las carreras por la estación atiborrada de gente, de mutilados y de gentes echando la siesta, nadie se perdiera. Tuvimos la potra inmensa de que entramos en el tren y este pitó diciendo que quien no hubiese subido y que fuese comprándose un kebab de pollo para esperar al siguiente (Dios sabe cuendo sería el siguiente). Estábamos todos: habíamos conocido un poquito de lo que significa estresarse en un país donde nadie lo hace.
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